¿Alguna vez perdonaste a alguien que nunca pidió perdón? Corrie ten Boom vivió esa pregunta de la forma más extrema posible, perdonando a uno de los carceleros responsables del sufrimiento y la muerte de su propia hermana. Su vida muestra que el perdón cristiano no nace del sentimiento, sino de una decisión renovada cada día.
Nacida el 15 de abril de 1892 en Haarlem, Holanda, Corrie creció en la relojería de su padre, Casper ten Boom, en una familia reformada dedicada a la oración y la hospitalidad. En 1922 se convirtió en la primera mujer relojera licenciada del país.
Con la ocupación nazi, un arquitecto de la resistencia construyó, en 1943, un escondite secreto detrás del cuarto de Corrie, en la casa de la familia en Haarlem. Allí judíos y miembros de la resistencia quedaron protegidos de las redadas alemanas; se calcula que la red vinculada a los ten Boom ayudó a salvar a cerca de 800 personas.
El 28 de febrero de 1944, informantes denunciaron a la familia ante la Gestapo. Casper murió en el Hospital Municipal de La Haya diez días después, a los 84 años, tras días de prisión en Scheveningen. Corrie y su hermana Betsie fueron enviadas al campo de concentración de Ravensbrück, donde leían juntas una Biblia de contrabando al anochecer.
Betsie murió el 16 de diciembre de 1944. Corrie fue liberada doce días después, por un error administrativo: supo más tarde que, pocos días después de su salida, todas las prisioneras de su edad fueron ejecutadas.
Después de la guerra, Corrie abrió en Bloemendaal una casa de rehabilitación, primero para sobrevivientes de campos de concentración y, después, para holandeses que habían colaborado con los alemanes durante la ocupación. Allí ella vivió en la práctica lo que pasaría a predicar por el mundo: perdonar no borra el mal sufrido, pero libera de cargarlo. Ella misma reconoció, en sus escritos, cuánto le costó esa decisión: perdonar al carcelero de Ravensbrück fue, en sus palabras, lo más difícil que había tenido que hacer, y exigió vencer su propia voluntad de rechazar la mano tendida.
En 1946 volvió a Alemania y se encontró con antiguos guardias de Ravensbrück, entre ellos uno que le pidió perdón públicamente después de un culto. Ella escribió después que el perdón es un acto de voluntad, no una emoción, y que la capacidad de perdonar viene de Dios, no de la propia fuerza de voluntad.
En las décadas siguientes, viajó por más de sesenta países como predicadora y escritora, publicando El Refugio Secreto en 1971. Reconocida por Yad Vashem en 1967 como Justa entre las Naciones, murió el 15 de abril de 1983, el día de su cumpleaños número 91, en Placentia, California.