Pocas figuras de la historia cristiana dividen tanto como el fraile dominico que se atrevió a desafiar a papas y príncipes en nombre del Evangelio. Girolamo Savonarola nació en 1452, en Ferrara, y creció bajo la influencia de su abuelo, médico de renombre y hombre de rígidos principios morales.
A los 22 años, dejó los estudios de medicina e ingresó en la Orden de los Dominicos, en Bolonia. En 1482 fue enviado al convento de San Marco, en Florencia, donde sus prédicas, al principio sin gran efecto, ganaron fuerza al denunciar el lujo del clero y el esplendor de la corte de los Médici.
Con la caída de los Médici en 1494, Savonarola se convirtió en la voz moral detrás de una nueva república florentina. Defendió un gobierno popular fundado en el Consejo Mayor y organizó las llamadas hogueras de las vanidades, quemas públicas de objetos de lujo, juegos y obras consideradas frívolas.
Su celo reformador, sin embargo, también reveló un lado severo: patrullas de jóvenes presionaban a los vecinos para que entregaran sus pertenencias e imponían normas de conducta con dureza, y algunos de sus sermones pedían penas duras, incluida la muerte, para pecados morales como la sodomía. El historiador Maquiavelo lo citaría después como ejemplo del “profeta desarmado”, cuyo poder dependía únicamente de la adhesión popular.
Al denunciar la corrupción de la curia romana, entró en curso de colisión con el papa Alejandro VI, quien le prohibió predicar y, en 1497, lo excomulgó. Savonarola siguió predicando, defendiendo que ninguna autoridad eclesiástica estaba por encima del Evangelio.
En abril de 1498, una prueba de fuego prometida por sus seguidores fracasó a causa de la lluvia, y la multitud, antes fiel, se volvió contra él. Preso y torturado, llegó a confesar que había inventado sus profecías, luego se retractó, señal clara de cuánto el sufrimiento quebrantó su firmeza.
El 23 de mayo de 1498, Savonarola fue ahorcado y su cuerpo quemado en la Plaza de la Señoría, en Florencia, junto con dos compañeros dominicos. En la celda había escrito meditaciones sobre el Salmo 51, un lamento de arrepentimiento que se convertiría en uno de los textos devocionales más copiados de su época.
Su historia recuerda que el celo por reformar la Iglesia puede convivir con excesos humanos, y que la fidelidad al Evangelio, aunque imperfecta, ha costado caro a quien osa confrontar el poder. Savonarola anticipó, a su manera, temas que la Reforma retomaría décadas después.