Betel está al norte de Jerusalén, en el antiguo camino que unía la capital con el corazón de Israel. La ciudad antes se llamaba Luz.
Abraham ya había pasado por allí y construido un altar al Señor, entre Betel y Hai.
Fue en ese lugar donde Jacob, huyendo de su hermano Esaú, soñó con una escalera que unía la tierra con el cielo, con ángeles que subían y bajaban. Dios le renovó la misma promesa hecha a Abraham y a Isaac.
Al despertar, Jacob ungió la piedra que había usado como almohada y le dio al lugar el nombre de Betel, casa de Dios. Años después, volvió al mismo punto y construyó allí otro altar.
Siglos más tarde, el arca del pacto estuvo por un tiempo en Betel, y Samuel juzgaba a Israel en la ciudad. Pero Betel también tuvo un lado sombrío.
El rey Jeroboam convirtió el lugar en un centro de idolatría, levantando un becerro de oro para alejar al pueblo de Jerusalén. Profetas como Amós denunciaron ese pecado, y el rey Josías finalmente destruyó el altar.
Betel muestra cómo el mismo lugar puede guardar tanto un encuentro real con Dios como la distorsión humana de la adoración.
