Canaán era el nombre de la franja de tierra entre el río Jordán y el mar Mediterráneo, desde el Líbano hasta el Néguev, al sur. Antes de la llegada de Israel, estaba habitada por diversos pueblos cananeos, entre ellos los hititas, los amorreos y los jebuseos. La Biblia la describe como una tierra buena y extensa, donde fluyen leche y miel.
Fue a esa tierra que Dios llamó a Abraham a mudarse, saliendo de Harán. En Siquem, recibió la primera promesa: su descendencia heredaría aquella tierra. Años después, Dios confirmó esa alianza como posesión perpetua.
Siglos más tarde, doce espías fueron enviados por Moisés para reconocer Canaán antes de la entrada del pueblo de Israel. La conquista, liderada por Josué, terminó con la tierra repartida por sorteo entre las tribus.
Canaán es, así, el escenario donde Dios cumple, paso a paso, una promesa hecha generaciones antes. Es la tierra que aparece todo el tiempo en el Antiguo Testamento como señal visible de la fidelidad de Dios a sus alianzas.
