Esmirna fue una próspera ciudad portuaria de Asia Menor, al norte de Éfeso, en la costa del mar Egeo. Se enorgullecía de su belleza y de su lealtad a Roma, y albergaba un templo dedicado al culto al emperador.
Esa lealtad tenía un precio alto para los cristianos. Negarse a quemar incienso al emperador era visto como traición, y la comunidad judía local también hostigaba a la pequeña iglesia cristiana.
Es en ese escenario de pobreza material y presión religiosa que Cristo escribe a Esmirna la segunda de las siete cartas del Apocalipsis. Se presenta como el Primero y el Último, que murió y volvió a vivir, palabras de consuelo para quien enfrentaba la posibilidad real de la muerte.
A diferencia de otras iglesias del Apocalipsis, Esmirna no recibe ninguna reprensión de Cristo. Él reconoce su tribulación y su pobreza, y la llama rica delante de Dios.
La carta anuncia persecución futura y promete la corona de la vida a quien sea fiel hasta la muerte. Pocas décadas después, la iglesia de Esmirna viviría uno de sus mayores ejemplos de fidelidad, en el martirio de su obispo Policarpo, alrededor del año 155 d. C.
