Horeb es el nombre que la Biblia usa, principalmente en Éxodo, Deuteronomio y Salmos, para el monte donde Dios se reveló de forma extraordinaria a su pueblo. La mayoría de las referencias bíblicas tratan a Horeb y al monte Sinaí como el mismo lugar.
Fue en Horeb donde Moisés, mientras pastoreaba el rebaño de su suegro Jetro, vio la zarza que ardía sin consumirse y recibió de Dios la misión de liberar a Israel de Egipto.
Décadas después, el pueblo de Israel acampó al pie de ese monte y allí recibió los Diez Mandamientos, cuando Dios hizo un pacto con la nación que acababa de sacar de la esclavitud.
Pero Horeb también fue escenario de fracaso: fue allí, mientras Moisés todavía estaba en el monte, que el pueblo hizo un becerro de oro y lo adoró como si fuera Dios.
Siglos más tarde, huyendo de la reina Jezabel, el profeta Elías caminó hasta Horeb, y allí Dios no se reveló en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en un suave murmullo.
Horeb lleva así los dos lados de la relación de Dios con su pueblo: la Ley que él dio y la gracia que sostiene a quien está agotado y con miedo.
