El Monte de los Olivos es una elevación al este de Jerusalén, separada de la ciudad antigua por el valle de Cedrón. Desde su cima se contempla todo el Monte del Templo, y por eso el lugar aparece en momentos decisivos de la historia bíblica.
En el Antiguo Testamento, David subió ese monte llorando, huyendo de su propio hijo Absalón. Más tarde el profeta Zacarías anunció que allí, en el día del Señor, sus pies se posarían, partiendo el monte por la mitad.
En el Nuevo Testamento, el monte marca la última semana de Jesús en Jerusalén. Fue por allí que él descendió montado en un burrito, aclamado por la multitud.
Sentado en esa ladera, Jesús enseñó a los discípulos sobre el fin de los tiempos. La noche de su arresto, se retiró hacia allá, como de costumbre, y oró angustiado antes de la cruz.
Después de la resurrección, fue desde allí que Jesús subió al cielo delante de los apóstoles, con la promesa de que volvería de la misma manera. El lugar une así humillación y gloria: el camino de la cruz y la certeza del regreso de Cristo.
