El monte Sinaí se encuentra en una región desértica que los israelitas atravesaron después de salir de Egipto. Fue allí, incluso antes del éxodo, donde Moisés vio la zarza que ardía sin consumirse y oyó a Dios presentarse como el Dios de Abraham, Isaac y Jacob.
Tres meses después de la salida de Egipto, todo el pueblo acampó frente a ese mismo monte. En medio de nube, fuego y humo, Dios descendió sobre el Sinaí y entregó a Moisés los Diez Mandamientos y las demás leyes del pacto.
Mientras Moisés todavía estaba en el monte, el pueblo perdió la paciencia y le pidió a Aarón un ídolo, el becerro de oro. La escena expone el contraste entre la santidad revelada allí y la facilidad con que el corazón humano se aparta de Dios.
Aun así, Dios renovó el pacto y le dio a Moisés nuevas tablas de piedra. Siglos después, el profeta Elías huyó hasta ese mismo monte, cansado y con miedo, y allí Dios no habló en el viento, en el terremoto ni en el fuego, sino en un suave susurro.
En el Nuevo Testamento, Pablo usa el Sinaí como figura del antiguo pacto de la Ley, en contraste con la libertad de la gracia en Cristo. El monte marca, así, tanto el peso de la Ley como la paciencia de Dios con su pueblo.
