Ezequiel era sacerdote cuando fue llevado cautivo a Babilonia, junto con el rey Joaquín y miles de judíos, unos once años antes de la destrucción final de Jerusalén.
A orillas del río Quebar, lejos del templo y de la tierra prometida, recibió una visión abrumadora de la gloria de Dios: seres alados, ruedas llenas de ojos y un trono que brillaba como fuego.
Dios lo llamó para ser centinela de su pueblo, responsable de advertir a Israel del juicio que se acercaba por causa de la idolatría y la injusticia.
Durante años, Ezequiel anunció que Jerusalén caería, aun cuando muchos exiliados todavía esperaban una liberación rápida. Él usó actos dramáticos y símbolos contundentes para hacer que el mensaje fuera imposible de ignorar.
El libro registra la salida lenta y dolorosa de la gloria del Señor del templo, señal de que Dios no habitaría en un lugar entregado a la idolatría.
Después de que la noticia de la caída de Jerusalén llega a los exiliados, el tono de la profecía cambia. Ezequiel comienza a anunciar esperanza: huesos secos que vuelven a la vida, un corazón nuevo en lugar del corazón de piedra, un pastor que finalmente cuidará bien del rebaño.
El libro termina con la visión detallada de un templo futuro y perfecto, hacia donde regresa la gloria de Dios para habitar con su pueblo para siempre.
Del principio al fin, Ezequiel muestra que Dios toma el pecado en serio, pero nunca deja de restaurar a quien se vuelve a él.
Vale la pena entrar en esas visiones y ver cómo la santidad y la gracia de Dios caminan de la mano.