Nahúm profetiza contra Nínive, la capital del imperio asirio, el mismo pueblo que había escuchado la advertencia de Jonás y se había arrepentido más de cien años antes.
Pasada una generación, la ciudad había vuelto a la violencia, la idolatría y la crueldad contra los pueblos vecinos, incluido Judá.
Esta vez no hay ningún llamado al arrepentimiento. Solo el anuncio solemne de que el juicio de Dios está cerca y nadie va a escapar de él.
El nombre Nahúm significa consuelo, y es exactamente eso lo que el libro trae al pueblo de Dios: la certeza de que la opresión no tendrá la última palabra.
El libro revela un lado del carácter de Dios que quizás incomode al lector de hoy: él es paciente, pero nunca indiferente al mal. El mismo Señor que es lento para la ira también es vengador contra quien oprime a los débiles y desprecia la justicia.
La poesía de Nahúm es vívida y sonora. Los capítulos 2 y 3 describen la caída de Nínive con imágenes de carros de guerra, murallas derribadas y un león cazado que finalmente pierde la fuerza.
En medio de la profecía de destrucción, brilla una promesa: “¡Miren sobre los montes los pies del que anuncia buenas noticias y proclama la paz!” Siglos después, Isaías y el apóstol Pablo usarían casi las mismas palabras para hablar del evangelio.
Leer Nahúm es recordar que Dios ve la violencia que el mundo intenta esconder, y que su justicia, aunque tarde, es segura.
Vale la pena conocer esta otra faceta de la bondad de Dios y descubrir, al final de Nahúm, qué esperanza queda para quien confía en él.