Casi todos hemos estado alguna vez del lado perdedor de una disputa y hemos tenido que decidir hasta cuándo vale la pena seguir luchando por ella. Abner vivió esa tensión en la plenitud de su vida, y su historia muestra el precio de elegir el poder antes que la verdad.
Hijo de Ner, primo del rey Saúl, Abner fue el comandante del ejército de Israel durante todo el reinado de su pariente. Era un general respetado, el brazo militar de la primera dinastía real del país.
Cuando Saúl murió en batalla, Abner no aceptó el fin de aquel reinado. Llevó al hijo de Saúl, Isboset, a Majanayin y lo proclamó rey sobre Israel, mientras David ya reinaba en Judá, ungido por Dios.
La rivalidad estalló en Gabaón, en un enfrentamiento entre los dos ejércitos. En la retirada, el joven Asael, hermano del general Joab, persiguió de cerca a Abner. Abner le pidió que desistiera, pero Asael no escuchó, y Abner lo mató con un golpe de lanza.
Aquella muerte plantó una semilla de venganza que germinaría años después. Por ahora, la guerra civil se prolongaba, hasta que Isboset acusó a Abner de involucrarse con Rizpa, concubina de Saúl, un gesto interpretado como ambición al trono.
Ofendido, Abner decidió lo que quizás ya sabía desde hacía tiempo: era hora de reconocer a David como rey legítimo. Reunió a las autoridades de Israel y negoció la unión de todas las tribus bajo un solo cetro.
Pero antes de que la paz se afianzara, Joab lo atrajo a una conversación privada en la puerta de Hebrón y lo mató, vengando a su hermano. David lo lamentó públicamente y llamó a Abner líder y gran hombre caído en Israel.
La vida de Abner recuerda que discernir la voluntad de Dios no basta; hay que actuar conforme a ella sin esperar a que las circunstancias se vuelvan cómodas primero. Y recuerda también que Dios reconoce valor incluso en quien llega tarde a la obediencia.