¿Quién no ha necesitado alguna vez llevar una noticia incómoda a alguien que podía resolver el problema? Contar que las cosas no están bien, incluso sin saber cómo será recibido, exige un valor discreto. Fue ese tipo de gesto, sin reflectores, el que puso el nombre de Cloé en la Biblia.
Cloé aparece una sola vez en toda la Escritura, y ni siquiera por sus propios labios. El apóstol Pablo escribe desde Éfeso a los cristianos de Corinto y dice: “Mis hermanos, me he enterado, por algunos de la casa de Cloé, de que hay rivalidades entre ustedes” (1 Corintios 1:11). La expresión “de la casa de Cloé” designa a personas vinculadas a ella, quizás familiares, siervos o colaboradores, que llevaron a Pablo noticias de la iglesia corintia.
Lo que ellas relataron no era poca cosa: la iglesia de Corinto estaba dividida en grupos rivales, unos aferrados a Pablo, otros a Apolos, otros a Pedro, como si el evangelio fuera motivo de disputa entre facciones (1 Corintios 1:12). Fue ese relato el que le dio a Pablo el motivo inmediato para escribir buena parte de la carta que hoy conocemos como 1 Corintios.
No se sabe si Cloé vivía en Corinto y envió a gente de su casa a Éfeso, o si vivía en Éfeso y recibió a viajeros venidos de Corinto. Los estudiosos discuten esta cuestión sin llegar a una respuesta definitiva. El texto tampoco dice si ella era rica o pobre, solo que una casa llevaba su nombre y que gente de esa casa se preocupó lo suficiente por la verdad como para ir hasta el apóstol.
Cloé nunca predicó, nunca profetizó, nunca es citada en ningún otro lugar de la Biblia. Aun así, su casa fue el canal que Dios usó para exponer un problema real y abrir camino a la corrección de una iglesia entera.
¿Cuántas veces el lector de hoy es llamado a ser ese canal discreto: no el protagonista de la solución, sino alguien dispuesto a contar la verdad a quien puede ayudar? La historia de Cloé recuerda que Dios no necesita nombres famosos para actuar. Necesita gente dispuesta a no callar lo que vio.