¿Alguna vez sentiste que el problema era demasiado grande y tu fuerza, demasiado pequeña para resolverlo? Tal vez sea un jefe injusto, una deuda que no se termina de pagar, una situación que se arrastra año tras año sin solución a la vista.
Eso fue lo que Israel vivió durante dieciocho años. El pueblo había pecado y, como consecuencia, servía a Eglón, rey de Moab, un gobernante extranjero que cobraba tributo y humillaba a la nación escogida por Dios.
Cuando el pueblo clamó, el Señor levantó a un libertador improbable: Aod, hijo de Guera, de la tribu de Benjamín. La Biblia registra un detalle inusual sobre él: era zurdo.
Esa característica, que podría parecer una limitación, se convirtió en su ventaja. Al entregar el tributo a Eglón, Aod escondió una espada de dos filos en el muslo derecho, bajo la ropa, sabiendo que, por ser zurdo, podría sacarla sin ser percibido.
Después de entregar el tributo, Aod despidió a sus compañeros y volvió solo ante el rey, diciendo tener un mensaje secreto de Dios para él. A solas en la habitación reservada del palacio, sacó la espada con la mano izquierda e hirió de muerte a Eglón.
Cerró las puertas tras de sí y escapó, mientras los siervos, pensando que el rey solo atendía sus necesidades en la habitación, esperaban sin preocuparse. Aod huyó a Seirat y, desde allí, subió a los montes de Efraín, donde tocó la trompeta y reunió a Israel para la batalla.
Bajo su liderazgo, el pueblo tomó los vados del Jordán y derrotó a cerca de diez mil moabitas, sometiendo a Moab. La tierra descansó de la guerra durante ochenta años, el período de paz más largo de todo el libro de Jueces.
La historia de Aod dice que Dios no necesita gente perfecta ni ejércitos grandes para liberar. Él usa a quien está disponible, con los recursos que tiene, incluso aquello que el mundo llamaría una desventaja, para abrir caminos de libertad donde solo había opresión.