¿Quién no ha sentido el peso de elegir entre agradar a alguien poderoso y preservar la propia dignidad? Esa tensión, familiar para quien alguna vez le dijo no a un jefe, a un cónyuge o a una multitud, es exactamente lo que abre la historia de Vasti, reina de Persia.
En el tercer año del reinado de Jerjes, el rey ofreció un banquete de seis meses para exhibir las riquezas de su imperio, seguido de una fiesta de siete días para todo el pueblo de Susa. Mientras tanto, la reina Vasti organizaba su propio banquete para las mujeres en el palacio real (Ester 1:3-9).
Al séptimo día, ya alegre por el vino, Jerjes ordenó a siete eunucos que llevaran a Vasti a su presencia luciendo la corona real, para exhibir su belleza ante los invitados. Ella se negó a presentarse, y el texto dice que el rey se enfureció y ardió de ira (Ester 1:12).
La negativa de una reina ante toda la corte era más que una vergüenza personal, era una amenaza al orden que sostenía el imperio. El rey consultó a sus sabios, temiendo que la actitud de Vasti enseñara a otras mujeres del reino a despreciar a sus propios maridos (Ester 1:13-18).
Por propuesta de uno de los consejeros, se emitió un decreto irrevocable: Vasti nunca más entraría en la presencia del rey, y su posición sería dada a otra mujer. Se enviaron cartas a cada provincia del imperio, en cada idioma, proclamando que todo hombre debía ser señor en su propia casa (Ester 1:19-22).
Vasti desaparece de la narración con la misma brusquedad con la que entró, sin que el texto revele sus pensamientos ni justifique su elección. Pero es precisamente ese vacío el que abre espacio para que la joven judía llamada Ester ocupe el trono que quedó vacante (Ester 2:1-17).
La historia de Vasti recuerda que las decisiones tomadas entre bastidores del poder, movidas por el orgullo herido, tienen consecuencias reales sobre personas reales. Y recuerda también que Dios, aunque no se lo mencione ni una sola vez en el libro de Ester, ya estaba moviendo las piezas de una historia mayor.