¿Quién no ha sentido alguna vez que no tenía el talento, la preparación o la pureza suficiente para la tarea que la vida le pedía? Esa sensación de pequeñez ante algo demasiado grande es el punto de partida de la historia de Isaías, uno de los mayores profetas de la Biblia.
Isaías era un hombre culto, cercano a la corte real de Judá, cuando tuvo una visión abrumadora del Señor entronizado en el templo, rodeado por serafines que clamaban «Santo, santo, santo» (Isaías 6:3). Ante aquella santidad, solo pudo decir: «¡Ay de mí! ¡Estoy perdido!» (Isaías 6:5).
Un serafín tocó sus labios con brasa viva del altar, y Dios perdonó su impureza. Solo entonces llegó la invitación: «¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?» Isaías respondió sin dudar: «Aquí estoy, ¡envíame a mí!» (Isaías 6:8).
A partir de allí, ministró durante décadas bajo cuatro reyes de Judá, aconsejando a cada uno en los momentos más tensos de la política regional. Ante el rey Acaz, amenazado por ejércitos enemigos, anunció la señal de Emanuel (Isaías 7:14). Ante Ezequías, cercado por el poderoso ejército asirio en Jerusalén, garantizó que la ciudad no caería, y no cayó (Isaías 37).
Isaías unió dos mensajes que rara vez conviven bien: el juicio severo contra el pecado de su pueblo y el consuelo profundo de un Dios que restaura. Fue él quien describió con más detalle, siglos antes, al Siervo Sufriente que sería «traspasado por nuestras rebeliones» (Isaías 53:5).
La tradición judía registra que habría sido martirizado en el reinado del rey Manasés, sucesor de Ezequías, aunque la Biblia no narra ese desenlace directamente.
La vida de Isaías enseña que el llamado de Dios no espera a personas perfectas, él purifica a quien responde. Y su frase más famosa, «aquí estoy, envíame», sigue siendo el eco que atraviesa generaciones de cristianos comunes que deciden decir sí antes de sentirse preparados.