Pocos teólogos han provocado tanto debate como Jacobo Arminio, pastor holandés cuya pregunta sincera, cómo se relaciona la gracia de Dios con la voluntad humana, todavía divide iglesias cuatro siglos después. Su búsqueda honesta de una respuesta le costó la paz y, al final, su propia reputación entre colegas.
Nacido en 1560 en Oudewater, Holanda, quedó huérfano siendo niño: su padre, fabricante de armas, murió antes o poco después de su nacimiento, según las fuentes. Fue acogido por Teodoro Emilio, un ex sacerdote convertido al protestantismo que se encargó de su educación. Emilio murió hacia 1574, y el matemático Rodolfo Snellius se convirtió en su nuevo tutor, llevándolo a estudiar a Marburgo. Fue allí, lejos de casa, donde Arminio recibió la noticia de que tropas españolas habían invadido Oudewater y matado a su madre y a otros parientes, en la masacre de 1575.
Se formó en Leiden y después en Ginebra y Basilea, donde fue alumno de Teodoro Beza, sucesor de Juan Calvino. En 1586 viajó a Italia, estudió varios meses en Padua y visitó Roma, episodio que años después sería usado por sus opositores para insinuar simpatías católicas. Ordenado pastor en 1588, asumió el púlpito de la Iglesia Vieja de Ámsterdam, donde predicaría durante quince años y se casaría con Lijsbet Reael, con quien tuvo doce hijos, tres de los cuales murieron siendo pequeños.
Predicando sobre la carta a los Romanos, comenzó a cuestionar la predestinación incondicional de la tradición reformada estricta. Concluyó que la gracia de Dios, siendo esencial y anterior a cualquier mérito humano, invita a una respuesta libre, sin decretar de antemano quién sería salvo o reprobado.
En 1603 se convirtió en profesor de teología en Leiden, cargo que lo puso en una disputa pública y amarga con su colega Franciscus Gomarus. Acusado de pelagianismo y de simpatías católicas, en parte por su antiguo viaje a Roma, defendió sus posiciones ante los Estados de Holanda en 1608, en la llamada Declaración de Sentimientos.
Esa cautela en no romper abiertamente con la iglesia, leída unas veces como prudencia y otras como evasión, alimentó las desconfianzas de ambos lados y profundizó la fractura en la iglesia reformada holandesa. Arminio murió en 1609 sin ver el desenlace: pocos años después, el Sínodo de Dort condenaría sus ideas y desterraría a los pastores remonstrantes que lo seguían.
Su teología atravesó los siglos a través de Juan Wesley y el movimiento metodista, alcanzando después el pentecostalismo y buena parte del evangelicalismo global. El énfasis en la respuesta libre al evangelio ayudó a sostener el impulso misionero moderno, la convicción de que todos pueden oír y decidir.
Hoy, arminianos y calvinistas todavía discuten los temas que él planteó, pero coinciden en un punto: el evangelio es una oferta genuina para toda persona, convicción que sigue impulsando a misioneros mucho más allá de las fronteras de la pequeña Holanda donde Arminio vivió y murió.