Antioquía de Siria fue fundada alrededor del 300 a. C. por Seleuco I Nicátor y, según relatos antiguos, llegó a ser la tercera ciudad más grande del Imperio Romano, detrás solo de Roma y Alejandría.
Después de la muerte de Esteban, cristianos dispersados por la persecución llegaron a Antioquía y comenzaron a predicar también a los griegos, no solo a los judíos. Fue allí, y no en Jerusalén, donde el evangelio cruzó por primera vez esa frontera de forma organizada.
Bernabé fue enviado a ver lo que Dios hacía allí, buscó a Saulo en Tarso, y los dos enseñaron a la iglesia durante un año entero. Fue en esa ciudad que, por primera vez, los discípulos comenzaron a ser llamados cristianos.
De Antioquía partió el primer viaje misionero de Pablo y Bernabé, y fue allí adonde volvieron para dar cuenta de lo que Dios había hecho entre los gentiles. La ciudad también fue escenario de un enfrentamiento serio: Pablo reprendió a Pedro públicamente por hipocresía ante los gentiles.
Antioquía recuerda que el evangelio nunca fue proyecto de un solo pueblo. Nació para atravesar fronteras, y el nombre “cristiano” surgió justamente donde judíos y gentiles aprendieron a comer en la misma mesa.
