Filipos fue una ciudad de Macedonia, en la región que hoy es Grecia, fundada por colonos griegos y luego ampliada por Filipo II, padre de Alejandro Magno, en el siglo IV a. C.
Bajo dominio romano se convirtió en colonia, con ciudadanos que gozaban de los mismos derechos legales que Roma. Estaba sobre la vía Egnacia, la gran calzada que unía el Oriente con la capital del imperio.
Fue en Filipos donde el apóstol Pablo, guiado por una visión recibida en Troas, predicó el evangelio por primera vez en suelo europeo, durante su segundo viaje misionero.
Allí nació la iglesia de Filipos, marcada por la conversión de Lidia, una comerciante de telas, y por un episodio dramático: Pablo y Silas encarcelados injustamente, cantando himnos a medianoche, cuando un terremoto abrió las puertas de la prisión y llevó al carcelero a creer en el evangelio.
Años después, ya preso en otra ciudad, Pablo escribió a los cristianos de Filipos una de las cartas más afectuosas del Nuevo Testamento, llena de gratitud por su compañerismo en el evangelio.
Filipos recuerda que el evangelio atraviesa fronteras y que una iglesia nacida en medio de la persecución puede convertirse en fuente de alegría y apoyo para quien la llevó hasta allí.
