Colosenses es una carta corta, pero trata un asunto enorme: la suficiencia de Cristo para la vida cristiana.
Pablo la escribe desde una prisión, probablemente en Roma, para una iglesia que él nunca había visitado personalmente.
La iglesia de Colosas nació del trabajo de Epafras, un colaborador fiel que llevó el evangelio hasta aquella ciudad de Asia Menor.
Falsos maestros andaban enseñando que conocer a Cristo no era suficiente. Decían que era necesario seguir reglas rígidas, rendir culto a ángeles y buscar experiencias místicas para alcanzar una espiritualidad más completa.
Pablo responde con una de las descripciones más elevadas de Cristo en toda la Biblia. Él es la imagen del Dios invisible, el creador y sustentador de todas las cosas, la cabeza de la iglesia.
Si Cristo creó todas las cosas y en él habita toda la plenitud de Dios, ninguna filosofía humana ni práctica religiosa puede añadirle algo. Quien está unido a Cristo ya está completo.
Por eso la carta llama a los lectores a buscar las cosas de arriba, no reglas vacías ni tradiciones humanas. La vida nueva en Cristo se muestra en actitudes concretas: compasión, humildad, paciencia y perdón.
Esa vida nueva también transforma las relaciones más cercanas, dentro de casa y en el trabajo. Esposos, esposas, padres, hijos y todos los que sirven reciben instrucciones prácticas para vivir el evangelio en el día a día.
Colosenses recuerda que la fe cristiana no se reduce a rituales que parecen espirituales. Vale la pena leer esta carta con atención y dejar que ella señale, una vez más, hacia la suficiencia de Jesús.