Toda persona ha vivido un momento en que nadie parecía dispuesto a actuar y alguien tuvo que dar el primer paso. Así encontró Israel a Débora: paralizado por el miedo, sin liderazgo, esperando que alguien tomara la iniciativa.
Débora era profetisa y jueza en Israel en una época sin rey, cuando cada tribu cuidaba de sí misma y el pueblo vivía bajo el yugo de Jabín, rey de Canaán, cuyo general Sisara comandaba novecientos carros de hierro. Ella se sentaba bajo una palmera entre Ramá y Betel, en los montes de Efraín, y los israelitas subían hasta ella para resolver sus asuntos.
Fue allí donde Débora convocó a Barac, de Neftalí, con una orden de Dios: reunir a diez mil hombres y enfrentar a Sisara en el monte Tabor. Barac dudó y solo aceptó ir si ella lo acompañaba. Débora fue, pero le advirtió que el honor de la victoria caería sobre una mujer, no sobre él.
El día de la batalla, el ejército israelita descendió del Tabor y el SEÑOR sembró el pánico entre los carros de Sisara junto al río Quisón. Sisara huyó a pie y buscó refugio en la tienda de Jael, quien lo recibió, le dio leche y, mientras él dormía, lo mató con una estaca de la tienda. La palabra de Débora se cumplió al pie de la letra.
Después de la victoria, Débora y Barac cantaron un largo himno de alabanza, hoy registrado como el Cántico de Débora, que celebra al SEÑOR como el verdadero guerrero por Israel. Ella se describió allí como madre en Israel, alguien que se levantó cuando ya nadie más se levantaba. La tierra tuvo paz durante cuarenta años.
La historia de Débora recuerda que Dios no necesita un escenario ideal, ni un líder con el perfil esperado, para actuar. Él levanta a quien esté dispuesto a confiar y a ir al frente, aunque el camino parezca mayor que las propias fuerzas.