Cuando la vida aprieta, es común buscar en otro lugar el alivio que falta en casa. Eso fue lo que hizo Elimélec al salir de Belén, su tierra, en busca de pan en una tierra extraña. La decisión parecía razonable. El desenlace, sin embargo, él nunca llegó a verlo.
Elimélec era efrateo, natural de Belén de Judá. Vivía en la época incierta de los jueces, cuando cada uno hacía lo que bien le parecía y el pueblo cosechaba las consecuencias de su infidelidad. Una hambruna grave asoló la tierra, y Elimélec, tratando de proteger a su esposa Noemí y a sus dos hijos, Majlón y Quilión, decidió mudarse a los campos de Moab (Rut 1:1-2).
Moab era una nación vecina de Israel, históricamente hostil, adoradora de otros dioses. Aun así, allí la familia encontró pan. Elimélec se instaló en la tierra extranjera, y es solo eso lo que la Biblia registra de él con certeza: un hombre que salió de Belén buscando sobrevivir.
Poco después, sin que el texto explique la causa, Elimélec murió en Moab (Rut 1:3). Noemí quedó viuda, sola con sus dos hijos, en una tierra que no era la suya. Los hijos se casaron con moabitas, Orfa y Rut, pero también murieron, dejando a Noemí sin esposo y sin hijos, lo que en una cultura antigua era el retrato más crudo del desamparo.
La historia de Elimélec termina en tres versículos, pero su muerte es el detonante de todo lo que viene después: el regreso de Noemí a Belén, la fidelidad de Rut, la redención por manos de Booz. Su nombre, “Mi Dios es rey”, contrasta con el vacío que su muerte dejó, al menos por un tiempo.
Mucha gente decide, en momentos de crisis, lo que parece la única salida posible, y después no vive para ver cómo se resuelven las cosas. Elimélec no vio a Noemí volver llena de esperanza ni supo que, por medio de Rut, su familia entraría en el linaje de David y, más tarde, del propio Salvador. Dios sigue trabajando incluso después de que nuestra parte en la historia termina.