Hay días en que la sensación es la de estar luchando contra algo más grande de lo que se alcanza a ver, un retraso que no se explica, una resistencia que parece tener rostro y voluntad propios. La Biblia levanta, por un instante, el velo sobre ese tipo de batalla, y en medio de ella aparece un nombre: Miguel.
Se le llama arcángel, el único ser celestial que recibe ese título en las Escrituras (Judas 1:9). En el libro de Daniel, un mensajero angelical cuenta que estuvo retenido veintiún días por un príncipe del reino de Persia, un poder espiritual hostil, hasta que Miguel, descrito como uno de los príncipes supremos, vino en su ayuda (Daniel 10:13).
Miguel no es solo un combatiente ocasional. Daniel lo llama el gran príncipe, el defensor de su pueblo, aquel que se levantará en los días finales de angustia para proteger al pueblo de Dios (Daniel 12:1).
En Judas, aparece en otra escena, discutiendo con el diablo sobre el cuerpo de Moisés. A pesar de tener autoridad, Miguel no se atreve a juzgarlo con una acusación calumniosa. Solo dice: ¡Que el Señor te reprenda! (Judas 1:9).
La escena más dramática está en Apocalipsis. Miguel y sus ángeles luchan contra el dragón, y el dragón y sus ángeles contraatacan, pero no son lo bastante fuertes y pierden su lugar en el cielo. El gran dragón, la serpiente antigua, llamado diablo o Satanás, es arrojado fuera (Apocalipsis 12:7-9).
Miguel nunca habla mucho, nunca protagoniza un relato extenso. Aparece, defiende, lucha y se retira a las sombras del texto, un siervo que cumple su función sin necesitar los reflectores.
Esto ya dice algo sobre el tipo de protección que Dios ofrece: real, activa, muchas veces invisible a los ojos de quien es protegido. La guerra que el lector no ve puede estar librándose, y el resultado final, como el propio Apocalipsis revela, ya está decidido.