Hay un impulso casi instintivo ante una noticia insoportable: rasgar la carta, borrar el mensaje, callar a quien la trajo. Joacim, rey de Judá, llevó ese impulso al extremo. Ante la palabra de Dios escrita en un rollo, la cortó con un cuchillo y la arrojó al fuego, columna por columna.
Nació con el nombre de Eliaquim, hijo del rey Josías. Después de la muerte de su padre, el pueblo puso en el trono a su hermano Joacaz, pero el faraón Necao, de Egipto, lo depuso a los pocos meses e impuso a Eliaquim como rey vasallo, cambiándole el nombre a Joacim (2 Reyes 23:34).
Reinó once años en Jerusalén, pero hizo lo malo ante los ojos del Señor (2 Reyes 23:37). Impuso pesados tributos al pueblo para pagar tributo a Egipto y se construyó un palacio lujoso sin pagar salario a los obreros (Jeremías 22:13).
Cuando Babilonia superó a Egipto, Joacim cambió de señor y se convirtió en vasallo de Nabucodonosor, solo para rebelarse contra él más tarde (2 Reyes 24:1). También mandó matar al profeta Urías, que se había atrevido a repetir la misma advertencia de Jeremías (Jeremías 26:20-23).
El punto culminante llegó cuando Baruc leyó, en el templo, el rollo con las palabras que el Señor le había dado a Jeremías durante muchos años. Al oír la lectura, Joacim cortó el rollo con un cuchillo de escriba y lo quemó en el brasero de su casa de invierno, sin atemorizarse, sin rasgar sus vestiduras (Jeremías 36:23-24).
Dios entonces ordenó a Jeremías que lo escribiera todo de nuevo, y se añadieron muchas otras palabras semejantes (Jeremías 36:32). El fuego destruyó el pergamino, no el mensaje.
La historia de Joacim recuerda que ningún poder, ninguna hoguera, apaga la palabra de Dios. Podemos ignorar la advertencia, rasgar la página, silenciar a quien la trae, pero la verdad que nos negamos a escuchar sigue siendo verdad, y sigue siendo escrita, hasta que alguien finalmente la lea.