Quien ya haya intentado resolverlo todo solo, sin pedir ayuda, sabe cómo el cansancio se acumula hasta la extenuación. Fue exactamente ese punto de saturación lo que un suegro atento percibió en Moisés, y su intervención cambió la forma en que el pueblo de Dios sería gobernado.
Jetro era sacerdote de Madián, región al este del mar Rojo, también llamado Reuel (Éxodo 2:18). Cuando Moisés huyó de Egipto tras matar a un egipcio, fue Jetro quien lo recibió en su casa y le dio a su hija Séfora por esposa (Éxodo 2:15-21).
Durante décadas, Moisés cuidó los rebaños de su suegro en el desierto de Madián, un tiempo de aprendizaje silencioso antes del llamado en la zarza ardiente, que ocurrió justamente mientras pastoreaba “el rebaño de Jetro” (Éxodo 3:1).
Después del éxodo de Egipto, Jetro oyó todo lo que el Señor había hecho y salió al encuentro de su yerno en el desierto, llevando a Séfora y a los dos hijos del matrimonio (Éxodo 18:1-6). Al escuchar el relato completo, se alegró y declaró: “Ahora sé que el Señor es más grande que todos los dioses” (Éxodo 18:11).
Al día siguiente, Jetro observó a Moisés sentado desde el amanecer hasta el anochecer, juzgando él solo cada disputa del pueblo. Con la franqueza de quien se preocupa lo suficiente como para incomodar, le dijo que ese método no estaba bien y que Moisés no podría sostenerlo solo (Éxodo 18:13-18).
Entonces llegó el consejo que organizaría a Israel: elegir hombres capaces y temerosos de Dios para repartir la responsabilidad en jefes de mil, de cien, de cincuenta y de diez (Éxodo 18:21). Moisés escuchó, aceptó e implementó el sistema (Éxodo 18:24).
Dios no despreció la sabiduría de un sacerdote extranjero para estructurar el gobierno de su pueblo. Esto todavía dice algo hoy: liderar bien no siempre significa cargar con todo en solitario, y escuchar un buen consejo, aun de quien está fuera del círculo, puede ser exactamente lo que falta para no derrumbarse.