Después de setenta años de exilio en Babilonia, el pueblo de Israel parecía haberlo perdido todo: la tierra, el templo y la identidad como nación escogida por Dios. El libro de Esdras cuenta cómo Dios revirtió ese panorama.
Todo comienza con un decreto sorprendente. Ciro, rey de Persia, autoriza a los judíos a volver a Jerusalén y reconstruir el templo del Señor. Dios usa incluso a un rey pagano para cumplir su promesa hecha por medio del profeta Jeremías.
La primera mitad del libro narra el regreso y la reconstrucción del templo, a pesar de la oposición de los pueblos vecinos. Cuando se echan los cimientos, el pueblo llora y canta al mismo tiempo: lágrimas de nostalgia por el templo antiguo y gritos de alegría por la nueva esperanza.
Después de un intervalo de varios años, Esdras entra en escena. Sacerdote y escriba, un estudioso dedicado a la ley de Dios, lidera un segundo grupo de exiliados de vuelta a Jerusalén, décadas después de la primera oleada.
Esdras no viene solo con una misión política. Había decidido, en su corazón, estudiar la ley del Señor, ponerla en práctica y enseñarla al pueblo. Esa triple disposición marca todo el resto del libro.
Al llegar, Esdras descubre que el pueblo se había mezclado espiritualmente con las naciones vecinas, incluso por medio de matrimonios que comprometían la fidelidad a Dios. Su reacción es de profunda tristeza y una oración de confesión en nombre de todo el pueblo.
El libro de Esdras muestra que reconstruir edificios no basta: Dios también restaura corazones. Templo de piedra y corazón fiel van juntos en la historia de la redención.
Más que una crónica de reconstrucción, Esdras es una invitación a confiar en que Dios sigue cumpliendo sus promesas, incluso cuando la situación parece irreversible. Vale la pena leer esta historia con atención.