Isaías es el más extenso de los libros proféticos del Antiguo Testamento, con 66 capítulos que abarcan más de medio siglo de la historia de Judá. El profeta recibió su llamado en el año de la muerte del rey Uzías y ministró durante los reinados de Uzías, Jotán, Acaz y Ezequías.
Él vio a la nación amenazada por el avance del Imperio Asirio y, más adelante, por la amenaza futura de Babilonia. En medio de ese escenario, Isaías anuncia con la misma claridad el juicio que vendría sobre el pecado y la salvación que Dios preparaba.
En medio del libro, capítulos históricos narran cómo el rey Ezequías enfrentó el cerco de Senaquerib y vio a Jerusalén librarse por un milagro.
El libro revela a Dios como el Santo de Israel, título que aparece decenas de veces y muestra su santidad y su poder sobre todas las naciones.
Al mismo tiempo, revela a un Dios que no se rinde con su pueblo y promete un Salvador que llevaría sobre sí el pecado de todos.
Las profecías mesiánicas de Isaías son tan numerosas y detalladas que muchos estudiosos llaman al libro el quinto evangelio. En ellas aparecen el nacimiento de Emanuel, los cánticos del Siervo Sufriente y el reino eterno del Príncipe de Paz, el Mesías que Dios prometió enviar.
La primera mitad del libro, más dura y llena de advertencias, da paso a capítulos de consuelo y esperanza en la segunda mitad. Leer Isaías es escuchar la misma voz que condena el pecado y, poco después, invita a confiar en un Dios que salva y restaura.
Que cada página de este libro lleve al lector a adorar al Santo de Israel y a esperar en el Salvador que él prometió.