Sofonías profetizó en Judá durante el reinado del rey Josías, antes de las grandes reformas religiosas de 622 a. C. Judá todavía cargaba el peso de la idolatría difundida durante el largo reinado de Manasés, abuelo de Josías, y mantenida por su padre, Amón.
El propio Sofonías era descendiente directo del rey Ezequías, lo que quizás explique su acceso a la corte y su valentía para denunciar el pecado instalado en Jerusalén.
El libro se abre con un anuncio solemne: el Día del Señor está cerca. Es la expresión que los profetas usaban para el momento en que Dios interviene en la historia, juzgando el pecado y revelando su soberanía.
Sofonías describe ese día con imágenes fuertes: oscuridad, angustia y ruina. Nada de lo que los ídolos prometen podrá salvar a quien confía en ellos.
El juicio alcanza también a Filistea, Moab, Amón, Cus y la poderosa Asiria. El Señor no es solo el Dios de Israel, sino el Juez soberano de toda la tierra.
En medio de la denuncia, surge una invitación: buscar al Señor, la justicia y la humildad, con la esperanza de hallar refugio en el día de la ira.
También hay una promesa sorprendente: un día, pueblos de todas las naciones invocarán juntos el nombre del Señor, de común acuerdo.
El último capítulo cambia de tono. Después del juicio, viene la promesa de un remanente humilde y fiel, purificado por la gracia de Dios.
Sofonías termina con una escena tierna: el propio Señor se alegra y canta sobre su pueblo, como alguien que finalmente descansa en amor. Es un libro breve, pero que conduce al lector desde la advertencia más severa hasta la alegría más profunda. Vale la pena leerlo hasta el final.