Guibeá estaba ubicada en una colina a pocos kilómetros al norte de Jerusalén, en el camino central que atravesaba el territorio de la tribu de Benjamín.
Al inicio del período de los jueces, poco después de la muerte de Josué, la ciudad entró en la historia por un crimen atroz. Hombres de Guibeá abusaron y mataron a la concubina de un levita que se hospedaba allí. El episodio provocó una guerra civil que casi exterminó a la tribu de Benjamín.
Siglos después, Guibeá tuvo un destino muy diferente. Se convirtió en la ciudad natal y la capital del rey Saúl, el primer rey de Israel. Por eso pasó a llamarse Guibeá de Saúl.
Fue allí donde Saúl recibió el pedido de socorro de Jabes de Galaad, y a donde regresó después de ser rechazado por Dios como rey. Años más tarde, en el reinado de David, descendientes de Saúl fueron ejecutados en ese mismo lugar.
La historia de Guibeá recuerda que Dios ve lo que sucede incluso en los lugares más pequeños y olvidados. Y que él puede levantar allí, a pesar de todo, un rey, una nación y un propósito mayor.
