Silo se encuentra en las montañas de Efraín, entre Betel y Siquem, en la región central de la tierra de Canaán.
Después de la conquista, Josué reunió allí a toda la comunidad de Israel y erigió la tienda de reunión, el tabernáculo que guardaba el arca del pacto. Desde allí, el resto de la tierra fue repartida entre las tribus por sorteo.
Silo permaneció como centro de adoración de Israel durante unos trescientos años, durante todo el período de los jueces, antes de que el templo fuera construido en Jerusalén.
Fue allí donde Ana, sin hijos, lloró delante del Señor e hizo el voto que resultaría en el nacimiento de Samuel. El niño creció sirviendo en el santuario, bajo el cuidado del sacerdote Elí, hasta oír al mismo Dios llamarlo por su nombre.
Pero Silo también guardó tragedia. Los hijos de Elí, sacerdotes corruptos, llevaron el arca a la batalla contra los filisteos. Fue capturada, los dos murieron, y Elí cayó muerto al recibir la noticia.
El lugar nunca más recuperó el mismo papel. Siglos después, el profeta Jeremías usaría la ruina de Silo como advertencia a Jerusalén: el mismo Dios que abandonó aquel santuario por la infidelidad del pueblo podría hacer lo mismo con el templo.
Silo recuerda que la presencia de Dios no está garantizada por una dirección sagrada, sino que depende de la fidelidad del corazón de quien lo adora.
