Tel-Aviv era una colonia de judíos exiliados a orillas del río Quebar, en Babilonia, hoy territorio de Irak. No se encuentra en la tierra de Israel: es solo el mismo nombre que, siglos después, bautizaría a la moderna ciudad israelí, un lugar distinto.
Fue allí donde llegó el profeta Ezequiel, después de recibir junto al río Quebar la visión de la gloria de Dios sobre un trono con ruedas y criaturas vivientes. Llevado por el Espíritu, vino a vivir entre los deportados de Judá.
Al llegar, Ezequiel permaneció siete días sentado entre el pueblo, atónito, abrumado por el peso de lo que había visto y oído. Solo después de ese tiempo recibió del Señor la misión de ser centinela de Israel, responsable de advertir al pueblo del juicio que se acercaba.
Tel-Aviv aparece una única vez por su nombre en el texto bíblico, pero marca el inicio del ministerio del profeta entre los exiliados. Muestra que Dios llama y comisiona a sus siervos incluso lejos del templo, en tierra extranjera, en medio del dolor del cautiverio.
