Tal vez ya hayas visto a alguien comenzar bien la vida cristiana y, con el tiempo, ir alejándose poco a poco, hasta que un día parece otra persona. De esa herida silenciosa, la de la fe que naufraga, habla la breve historia de Alejandro.
Es importante no confundir a este Alejandro con otros del Nuevo Testamento. Hay un Alejandro puesto al frente de la multitud durante el alboroto en Éfeso (Hechos 19:33) y otro que es hijo de Simón de Cirene (Marcos 15:21). El Alejandro de esta página es el que Pablo menciona en sus cartas a Timoteo, aparentemente un miembro conocido de la iglesia de Éfeso.
Pablo menciona a Alejandro junto con Himeneo como ejemplo de lo que sucede cuando alguien rechaza la fe y la buena conciencia: la persona naufraga (1 Timoteo 1:19). Los dos fueron entregados a Satanás por Pablo, una medida disciplinaria severa, no para destruirlos, sino para que aprendieran a no blasfemar (1 Timoteo 1:20).
Años después, ya cerca del final de su vida, Pablo escribe su última carta a Timoteo y vuelve a mencionar a un Alejandro, llamado el herrero, artífice en metal. Ese Alejandro le causó muchos males y se opuso fuertemente a su predicación (2 Timoteo 4:14,15). Muchos estudiosos entienden que se trata de la misma persona, ahora más endurecida en el error.
Pablo no pide venganza. Él entrega el caso al Señor: “el Señor le dará su merecido conforme a sus hechos” (2 Timoteo 4:14). Y advierte a Timoteo que se cuide de él, sin alimentar amargura personal.
La historia de Alejandro inquieta porque muestra que formar parte de la iglesia no inmuniza a nadie contra el error grave. Una fe mal cuidada, sin vigilancia sobre la conciencia, puede transformarse en oposición abierta a la verdad que antes se profesaba.
Alejandro también recuerda que la disciplina en la iglesia, cuando se aplica bien, tiene un objetivo redentor: enseñar, no solo castigar. Y recuerda que, frente a quien se opone fuertemente al evangelio, el justo juicio pertenece a Dios, no a nosotros.