Es difícil quedar a la sombra de alguien que Dios escogió para una misión mayor, sobre todo cuando esa persona es el propio hermano. Aarón vivió esa tensión toda su vida: llamado por Dios, pero siempre un paso detrás de Moisés.
Hijo de Amram y Jocabed, Aarón era tres años mayor que Moisés (Éxodo 7:7) y también hermano de Miriam. Cuando Moisés dudó ante el llamado de liberar a Israel, Dios lo designó como su boca ante el Faraón (Éxodo 4:14-16). Juntos, los dos enfrentaron el poder de Egipto.
El cayado de Aarón se convirtió en serpiente delante del Faraón y trajo varias de las plagas sobre Egipto (Éxodo 7:9-20). Después de la travesía del mar Rojo, Dios separó a Aarón y a sus hijos para servir como los primeros sacerdotes de Israel, con vestiduras especiales y un altar solo para ellos (Éxodo 28-29).
Pero la misma boca que habló por Dios también cedió a la presión del pueblo. Mientras Moisés estaba en el monte Sinaí, Aarón moldeó un becerro de oro y el pueblo lo adoró (Éxodo 32:1-6). Fue una caída grave, venida justamente de quien ya llevaba las vestiduras sagradas del sacerdocio.
A pesar de la falla, Aarón siguió sirviendo como sumo sacerdote. Vio morir a dos de sus hijos, Nadab y Abiú, por ofrecer fuego no autorizado delante del Señor (Levítico 10:1-2). Su vara floreció entre las de las doce tribus, confirmando ante todo el pueblo que Dios mismo lo había escogido (Números 17:1-8).
Cerca del final de la larga peregrinación por el desierto, Aarón se unió a Moisés en un acto de incredulidad en Meribá y, por eso, también se le impidió entrar en la tierra prometida (Números 20:1-12). Murió en el monte Hor a los ciento veintitrés años, sucedido por su hijo Eleazar (Números 33:38-39).
La vida de Aarón muestra que ser llamado por Dios no vuelve a nadie inmune a la falla, y que la gracia de Dios sigue obrando incluso después de una caída visible ante todos. El sacerdocio que él llevaba era imperfecto y apuntaba hacia un sacerdote mayor, que intercedería sin pecado (Hebreos 7:26-27). Hoy, todo cristiano que sirve a Dios, aun con debilidades conocidas, encuentra en Aarón un espejo honesto: el llamado es más grande que los tropiezos de quien lo recibe.