¿Alguna vez ofreciste algo que tenías, sin cobrar nada, solo para ver resuelto un problema mucho mayor, y después descubriste que aquel gesto sencillo se convirtió en parte de una historia mucho más grande de lo que imaginabas? Eso fue lo que le sucedió a Arauna, un jebuseo casi olvidado en medio de una gran crisis en Israel.
Arauna era descendiente de los jebuseos, el pueblo que habitaba Jerusalén antes de que David conquistara la ciudad, y poseía una era, terreno donde se trillaba el grano, en lo alto del monte Moria. En el hebreo original de 1 Crónicas su nombre aparece escrito de forma diferente, Ornán, pero es el mismo hombre del relato de 2 Samuel.
El rey David había ordenado un censo del pueblo, y Dios envió una plaga sobre Israel como juicio. El ángel del SEÑOR se detuvo justamente sobre la era de Arauna, y el profeta Gad le dijo a David que allí debía construir un altar al SEÑOR.
Cuando David llegó hasta Arauna para comprar el terreno, encontró generosidad inmediata. Arauna se ofreció a darle todo gratis: la tierra, los bueyes para el sacrificio y la madera para el fuego, sin cobrarle un centavo al rey.
David, sin embargo, rechazó el regalo. Respondió que no le ofrecería al SEÑOR su Dios holocaustos que no le costaran nada, e insistió en pagar el precio justo por el terreno y los animales.
Sobre aquella era comprada a peso de plata y de oro, David construyó el altar, ofreció los sacrificios y vio a Dios responder con fuego que descendió del cielo. La plaga cesó en ese mismo lugar.
Décadas después, Salomón erigiría el templo del SEÑOR exactamente sobre la antigua era de Arauna, en el monte Moria. Un terreno comprado a las prisas, en medio de un juicio, se convirtió en el corazón de la adoración de Israel durante siglos.
La vida de Arauna recuerda que la adoración verdadera tiene un precio, y que Dios puede transformar el terreno más común, ofrecido por alguien de fuera de su pueblo, en el escenario de su gloria más duradera.