¿Quién nunca sintió que un cambio fuera de su control amenazaba todo lo que tenía, al punto de considerar cualquier medio para detenerlo? Fue ese miedo lo que movió al rey Balac cuando vio a Israel acampado en las fronteras de Moab.
Balac, hijo de Zipor, reinaba en Moab cuando supo que los israelitas habían derrotado a los poderosos amorreos. El texto registra que Moab «tuvo mucho miedo del pueblo» y «se aterrorizó ante los israelitas» (Nm 22:3). El miedo llevó al rey a buscar aliados en Madián y a procurar una solución espiritual para un problema que la fuerza militar no resolvería.
Envió mensajeros hasta la distante Petor, donde vivía Balaam, un profeta de renombre, con una propuesta directa: maldecir a Israel a cambio de honra y riquezas (Nm 22:5-7). Cuando Balaam titubeó después de oír de Dios que no debía ir, Balac no se rindió. Envió una segunda delegación, aún más noble, prometiendo honrarlo «con mucha gloria» (Nm 22:15-17).
Balaam finalmente fue, pero dejó claro que solo diría lo que Dios pusiera en su boca (Nm 22:38). Balac entonces lo llevó a tres montes diferentes, Bamot Baal, el Pisgá y el Peor, levantando altares y ofreciendo sacrificios en cada uno, como si el cambio de escenario pudiera cambiar la respuesta de Dios (Nm 22:41; 23:14,28-30).
Por tres veces, en lugar de maldición, salió de la boca de Balaam una bendición sobre Israel. A la tercera, la paciencia de Balac se agotó: su ira se encendió, y expulsó al profeta, diciendo que el Señor le había impedido recibir la honra prometida (Nm 24:10-11). Balac partió vencido por su propio camino (Nm 24:25).
Generaciones después, el profeta Miqueas aún recordaría al pueblo lo que «tramó Balac, rey de Moab», como prueba de que el Señor guarda a los suyos aun cuando reyes poderosos conspiran contra ellos (Mi 6:5).
La historia de Balac expone algo que todavía se repite hoy: cambiar de estrategia, de lugar o de método con la esperanza de doblegar la voluntad de Dios a los propios planes. Pero la bendición que Dios decide dar no se compra, no se manipula y no se detiene, ni con altares, ni con ira, ni con el rey más poderoso de Moab.