Es fácil pensar que solo quien tiene poder o prestigio puede cambiar el destino de alguien en peligro. La historia de Ebedmélec muestra lo contrario: bastó un siervo extranjero, sin nombre de peso en la corte, decidido a actuar, para salvar la vida de un profeta al que los líderes de Jerusalén preferían silenciar.
Ebedmélec era cusita, natural de la región que hoy corresponde a Sudán, y servía como oficial en la casa del rey Sedequías, en Jerusalén, en los últimos días antes de la caída de la ciudad ante los babilonios. Cuando los príncipes de Judá, irritados por las profecías de Jeremías, lo lanzaron a una cisterna sin agua, solo con barro, donde comenzó a hundirse, ninguno de los poderosos movió un dedo para ayudarlo.
Fue Ebedmélec quien se enteró de lo que había ocurrido y fue directamente al rey. Sin rodeos, dijo que aquellos hombres habían actuado mal al condenar al profeta a morir de hambre dentro del pozo. Sedequías autorizó el rescate, y Ebedmélec no se limitó a dar la orden: escogió trapos viejos y ropa gastada, los colocó bajo los brazos de Jeremías para que las cuerdas no le lastimaran la piel, y lo sacó con la ayuda de otros hombres.
Más tarde, cuando Jerusalén ya estaba sitiada y a punto de caer, el Señor envió a Jeremías una palabra especial para Ebedmélec: sería preservado en el día de la destrucción, porque había confiado en Dios. Un extranjero, un siervo, se convirtió en el único nombre de aquel episodio en recibir una promesa personal de protección divina.
La vida de Ebedmélec recuerda que Dios repara en quien actúa con compasión práctica, aunque no tenga una posición destacada para ello, y que la fidelidad discreta de alguien dispuesto a arriesgarse por otro puede pesar más, a los ojos del Señor, que el silencio calculado de los poderosos.