Mucha gente sueña con ganar una competencia; pocos renuncian a la victoria por un principio. Eric Liddell hizo exactamente eso, y ese gesto lo mantiene presente casi un siglo después, mucho más allá de los círculos deportivos.
Nacido en Tianjin, China, en 1902, hijo de misioneros escoceses, Eric creció entre dos mundos: la disciplina protestante de la familia y la cultura china que lo rodeaba. A los seis años fue enviado a Inglaterra para estudiar, donde reveló un talento poco común para el deporte.
En la Universidad de Edimburgo se convirtió en velocista de nivel nacional y jugador de la selección escocesa de rugby. En los Juegos Olímpicos de París, en 1924, se negó a correr la prueba de los 100 metros, su especialidad, porque la eliminatoria caía en domingo, día que reservaba para Dios.
Cambió de prueba, corrió los 400 metros, distancia en la que no era favorito, y ganó con récord olímpico y mundial. Esa escena, décadas después, se convertiría en el núcleo de la película Carros de Fuego. En su época, sin embargo, no todos lo aplaudieron: parte de la prensa y de la dirigencia olímpica británica lo criticó públicamente por, a su juicio, poner la fe por encima del país en pruebas donde podría haber ganado más medallas.
En 1925, en la cumbre de la fama, volvió a China como profesor y misionero, enseñando ciencias, química y educación física en el Colegio Anglo-Chino de Tianjin. Se casó con la misionera canadiense Florence Mackenzie y tuvo tres hijas.
Con la invasión japonesa, dejó la seguridad de la ciudad para servir en una misión rural pobre junto a su hermano médico. En 1941, con el riesgo de guerra creciendo, envió a Florence, embarazada de la tercera hija, y a las dos niñas mayores a Canadá, y optó por quedarse solo en China. Nunca llegó a conocer a Maureen, la menor, nacida ya lejos de su padre.
En 1943 fue internado, solo, en el campo de prisioneros de Weihsien. Allí se convirtió en el “tío Eric” de los niños, enseñando Biblia y ciencias, organizando juegos y compartiendo lo poco que tenía, en un ambiente de hambre y tensión que desgastaba hasta a los más resistentes.
Murió en 1945, de un tumor cerebral no diagnosticado, agravado por el exceso de trabajo y la desnutrición, cinco meses antes de la liberación del campo. Su vida enseña que la fe más firme no es la que exhibe fuerza, sino la que sabe qué vale la pena perder, incluso cuando el precio es la propia familia.