Casi todos hemos sentido esa opresión en el pecho ante un problema más grande que cualquier solución a nuestro alcance: una enfermedad sin cura, una deuda imposible, un adversario que parece invencible. Fue exactamente esa sensación la que Ezequías enfrentó como rey, rodeado por el ejército más temido de su tiempo.
Ezequías subió al trono de Judá después de Acaz, su padre, que había llenado el país de altares paganos. Desde el comienzo de su reinado, derribó los altares idólatras, destruyó la serpiente de bronce que el pueblo había comenzado a adorar y reabrió las puertas del templo (2 Reyes 18:4; 2 Crónicas 29:3).
Convocó al pueblo de vuelta a la Pascua del Señor, enviando mensajeros incluso a las tribus del norte (2 Crónicas 30:1-27), y el texto sagrado destaca que ningún otro rey de Judá confió tanto en el Señor, ni antes ni después de él (2 Reyes 18:5).
Esa fe fue puesta a prueba cuando Senaquerib, rey de Asiria, marchó contra Judá y sitió Jerusalén. El comandante asirio ridiculizó a Ezequías y al mismo Dios de Israel frente a las murallas, prometiendo destrucción total a la ciudad (2 Reyes 18:19-35).
En vez de responder solo con el ejército o la diplomacia, Ezequías rasgó sus propias vestiduras y se vistió de cilicio al escuchar la amenaza (2 Reyes 19:1), y más tarde fue a orar en el templo, extendiendo delante del Señor la carta de Senaquerib (2 Reyes 19:14-19). Esa misma noche, un ángel del Señor hirió el campamento asirio, y Jerusalén fue salvada sin lanzar una sola flecha (2 Reyes 19:32-35).
Años después, gravemente enfermo y advertido por Isaías de que moriría, Ezequías volvió el rostro hacia la pared y lloró delante de Dios, pidiendo más tiempo de vida. El Señor lo escuchó, añadió quince años a sus días y confirmó la promesa con una señal en la escalinata de Acaz (2 Reyes 20:1-11).
Pero ni el rey más fiel de Judá quedó libre de tropiezos: al recibir enviados de Babilonia, Ezequías exhibió con orgullo todos los tesoros del reino, un gesto que Isaías advirtió sería semilla del futuro exilio babilónico (2 Reyes 20:12-19).
La vida de Ezequías muestra que la fe genuina no elimina el miedo, pero lo lleva al lugar correcto: a los pies del altar, no frente al enemigo. Cuando los recursos humanos se agotan, la oración sigue siendo el primer recurso, no el último.