Quien ya haya cantado “Toma, oh Dios, mi vida entera” en un culto tal vez no sepa que el himno nació de la pluma de una joven inglesa de salud frágil, para quien escribir era, ella misma lo decía, una forma de orar. Frances R. Havergal (1836–1879) transformó momentos personales de entrega en versos que se cantan hasta hoy alrededor del mundo.
Nació en Astley, Worcestershire, hija del clérigo y compositor William Henry Havergal. A los 11 años perdió a su madre, Jane Havergal. A los 14, se convirtió a Cristo en el internado de la señora Teed, en Belmont, diciendo que, a partir de ese momento, la tierra y el cielo le parecieron más claros.
Estudió lenguas modernas, griego y hebreo en Alemania y memorizó grandes pasajes de la Biblia. En 1858, a los 21 años, escribió “I Gave My Life for Thee” después de leer, bajo un cuadro de Cristo, la leyenda: esto hice por ti, ¿qué has hecho tú por mí?
Su salud nunca fue fuerte, lo que limitó estudios, viajes y cualquier posibilidad de partir como misionera. Aun así, sostenía la causa de las misiones con himnos, clases de canto y donativos, convencida de que la entrega a Cristo cabía en cualquier cuerpo, fuerte o frágil.
Su fama de piedad no llegó sin tensión interior. Ella misma describía años de conciencia atormentada y de duda sobre su salvación, hasta vivir, el 2 de diciembre de 1873, lo que llamó una consagración más plena. También tuvo que aclarar, por carta, que no predicaba la llamada perfección sin pecado, doctrina de la que algunos la acusaban.
A comienzos de febrero de 1874, durante una visita de cinco días a Areley House, vivió una noche de oración y renovación personal de la cual nacieron los versos de “Take My Life and Let It Be”, concluido el 4 de febrero de 1874 y publicado ese mismo año.
En 1878 envió casi todas sus joyas a la Church Missionary Society, guardando solo piezas de recuerdo familiar, y se mudó a la casa de su hermana Maria, en Caswell Bay, Gales. Murió de peritonitis el 3 de junio de 1879, a los 42 años, en esa misma casa.
Los himnos de Havergal siguen cantándose en cultos de consagración y de envío de misioneros por el mundo, recordando que la entrega total a Cristo no exige grandes hazañas públicas: basta un sí renovado cada día, incluso en medio de un cuerpo frágil y una vida breve.