Casi todo el mundo ha sentido alguna vez el miedo de perder un lugar de destaque, en el trabajo, en la familia o en un grupo de amigos. Ese miedo puede transformar a personas comunes en adversarios crueles de quien parece amenazar su posición. La historia de Herodes el Grande muestra hasta dónde puede llegar un corazón así.
Herodes era un rey ambicioso, colocado en el trono de Judea por el poder de Roma. Construyó obras grandiosas, entre ellas la reforma del templo de Jerusalén, pero gobernaba bajo sospecha constante, temiendo cualquier señal de rivalidad a su poder.
Fue en ese clima de desconfianza que unos magos venidos de Oriente llegaron a Jerusalén preguntando por el rey de los judíos recién nacido (Mateo 2:2). Herodes se turbó y reunió a los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la ley para descubrir dónde debía nacer el Mesías (Mateo 2:3-4).
Pidió a los magos que volvieran con información precisa, disfrazando su verdadera intención bajo el pretexto de que también quería adorar al niño. Pero Dios advirtió a los magos en sueños que no volvieran a Herodes, y ellos regresaron a su tierra por otro camino (Mateo 2:8-12).
Al darse cuenta de que había sido engañado, Herodes reaccionó con furia y ordenó la muerte de todos los niños de hasta dos años en Belén y en sus alrededores (Mateo 2:16). Un ángel ya había advertido a José en sueños que huyera con María y el niño a Egipto, y la familia escapó antes de la masacre (Mateo 2:13-15).
Poco tiempo después, Herodes murió, y la familia pudo regresar con seguridad (Mateo 2:19-21). El tirano que intentó borrar por la fuerza el plan de Dios no tuvo poder alguno sobre él.
Esta historia consuela a quien ya sufrió bajo decisiones injustas de quien detenta el poder: el mal puede herir profundamente, como herió a las familias de Belén, pero no tiene la última palabra. Dios protege su propósito aun cuando los reyes se enfurecen, y sigue guiando sus planes por caminos que ningún poder humano logra cerrar.