Ireneo nació hacia el año 130, en Esmirna, en Asia Menor, hoy territorio de Turquía. Siendo aún niño, escuchó las predicaciones de Policarpo, obispo de aquella ciudad, que había sido discípulo directo del apóstol Juan. Ese recuerdo marcaría toda su vida.
Ya adulto, Ireneo se estableció en Lyon, en la Galia romana, actual Francia, donde servía como presbítero de la iglesia local. Allí fue testigo de cerca del costo de la fe cristiana frente al Imperio Romano.
En el año 177, una ola de persecución alcanzó Lyon bajo el emperador Marco Aurelio. El obispo Potino murió como mártir, e Ireneo, que en ese momento estaba en Roma como emisario de la iglesia, regresó para asumir el cargo de segundo obispo de Lyon.
Como pastor, Ireneo enfrentó el gnosticismo, movimiento que prometía salvación por medio de un conocimiento secreto y despreciaba la creación material. Respondió con la obra Contra las herejías, escrita hacia el año 180, exponiendo con paciencia los errores de esas doctrinas.
En esa obra, defendió que la fe cristiana se apoya en las Escrituras recibidas de los apóstoles y en la sucesión histórica de los obispos que las custodiaron, no en revelaciones privadas. Fue uno de los primeros en reconocer explícitamente los cuatro evangelios como un conjunto autorizado.
No todos los argumentos de Ireneo resistieron el paso del tiempo. Para refutar a los gnósticos, defendió, apoyado en una tradición que atribuía a presbíteros vinculados al apóstol Juan, que Jesús habría vivido hasta casi los cincuenta años, un cálculo que los historiadores de hoy consideran un error. Ireneo también compartía la creencia, común entre los cristianos de su tiempo, en un reinado milenario literal de Cristo sobre la tierra, idea que la mayor parte de la iglesia dejaría de sostener más adelante.
Ireneo también actuó como pacificador. Cuando el papa Víctor I amenazó con romper la comunión con las iglesias de Asia Menor a causa de la fecha de la Pascua, él intervino pidiendo moderación, coherente con el sentido de su propio nombre, que en griego remite a la paz, algo que ya el historiador Eusebio señaló en su Crónica.
Murió hacia el año 202, en Lyon. Una tradición posterior lo considera mártir, aunque las fuentes históricas no permiten confirmar las circunstancias exactas de su muerte.
El legado de Ireneo atraviesa los siglos: su defensa de la revelación histórica, del canon bíblico y de la unidad de la iglesia sigue orientando al cristianismo frente a doctrinas ajenas al evangelio, en su tiempo y en el nuestro.