Quien alguna vez se quedó en silencio escuchando un coral de órgano en una iglesia, sin saber el nombre del compositor, probablemente escuchó algo escrito por Johann Sebastian Bach. Él nunca quiso ser recordado como un genio: quería que su música sirviera al culto y señalara a Dios.
Nacido en Eisenach, Alemania, el 21 de marzo de 1685, Bach quedó huérfano de padre y madre antes de cumplir diez años. Fue criado por su hermano mayor, organista de profesión, quien le enseñó los primeros acordes al teclado y lo puso en el camino de la música.
Todavía joven, se convirtió en organista en Arnstadt y después en Mühlhausen, donde se casó con su prima María Barbara Bach, en 1707. El temperamento intenso ya se manifestaba: en 1705, después de llamar públicamente mal músico a un fagotista de la iglesia, Bach se vio envuelto en una pelea callejera en Arnstadt que terminó en duelo de espadas. El consejo de la iglesia consideró culpable al fagotista por la agresión, pero también reprendió a Bach por haber provocado el enfrentamiento con el insulto.
Pasó por Weimar antes de asumir, en 1723, el cargo de cantor de la Iglesia de Santo Tomás, en Leipzig, donde viviría hasta su muerte. La salida de Weimar tampoco fue pacífica: al pedir la renuncia para asumir el puesto de maestro de capilla en Köthen, fue encarcelado durante casi un mes, por orden del duque Wilhelm Ernst, por insistir tercamente en su petición; solo fue liberado en diciembre de 1717, con una baja deshonrosa. Ya en Leipzig, compuso la mayor parte de sus más de doscientas cantatas, además de la Pasión según San Mateo y la Misa en Si menor.
Viudo a los 35 años, se casó de nuevo con la cantante Anna Magdalena Wilcke, dieciséis años más joven; juntos tuvieron trece hijos, sumados a los cuatro sobrevivientes del primer matrimonio. El consejo de la ciudad de Leipzig también lo consideraba difícil y terco, y Bach en efecto se resistía a órdenes que veía como una intromisión en la música de la iglesia.
Su fe, sin embargo, no era solo formalidad de cargo. Bach poseía una Biblia comentada, hoy preservada en Estados Unidos, en la que anotó de su puño y letra: «donde hay música devota, Dios con su gracia está siempre presente». Al final de casi toda partitura, escribía las iniciales S.D.G, Soli Deo Gloria, gloria solo a Dios.
Ciego por las complicaciones de dos cirugías fallidas en los ojos, murió en Leipzig el 28 de julio de 1750, casi olvidado fuera de los círculos de música de iglesia. Casi un siglo después, el redescubrimiento de su obra por la generación de Mendelssohn revelaría al mundo la magnitud de lo que había compuesto para durar.
Hoy sus cantatas y pasiones siguen escuchándose y traduciéndose en decenas de países, llevando texto bíblico y alabanza a públicos que jamás entrarían en una iglesia luterana. Bach sigue recordándonos que el talento y el oficio, cuando se dedican a Dios, trascienden los siglos.