Pocos personajes de la historia cristiana cambiaron de posición tantas veces como John Smyth, y pocos pagaron un precio tan alto por ello. Sacerdote, predicador puritano, separatista y, finalmente, bautista, pasó la vida buscando la forma más fiel de ser iglesia, aun cuando eso le costara cargo, patria y amigos.
Nacido hacia 1554 en Sturton-le-Steeple, Inglaterra, hijo de un labrador de la región, Smyth estudió en el Christ’s College, en Cambridge, donde se convirtió en fellow en 1594. Ese mismo año fue ordenado sacerdote de la Iglesia Anglicana.
En 1600 asumió el cargo de predicador de la ciudad de Lincoln, un nombramiento de la corporación municipal, pero sus convicciones puritanas incomodaron a las autoridades: fue destituido del cargo en 1602, acusado de predicar de forma faccionaria contra hombres de posición en la ciudad. Años después, ya convencido de que la Iglesia de Inglaterra necesitaba una reforma más profunda, se convirtió en pastor de una congregación separatista en Gainsborough, lo que le costó la excomunión por parte de la Alta Comisión eclesiástica.
Perseguidos por la ley inglesa, Smyth y su grupo se exiliaron en Ámsterdam hacia 1608, junto con otros separatistas que buscaban libertad para adorar conforme a su conciencia. Fue allí, lejos de Inglaterra, donde sus convicciones dieron un paso decisivo.
En 1609, Smyth concluyó que el bautismo válido presupone fe personal, no herencia familiar. Al no contar con un ministro que pudiera bautizarlo de esa forma, se bautizó a sí mismo derramando agua sobre su propia cabeza y, a continuación, bautizó a Thomas Helwys y a unos cuarenta seguidores, dando origen a la primera congregación bautista de la historia.
El propio gesto le pesó en la conciencia: sin sucesión reconocida, el autobautismo le parecía frágil, y por eso pasó a ser llamado, de modo peyorativo por sus críticos, Se-baptist, el que se bautizó a sí mismo. Smyth pasó entonces a buscar unión con los menonitas holandeses de Waterland, lo que provocó una ruptura amarga con Helwys: ambos bandos llegaron a excomulgarse mutuamente por herejía, y Helwys prefirió mantener la iglesia separada y regresar a Inglaterra.
Smyth murió en Ámsterdam en agosto de 1612, sin haber sido nunca formalmente aceptado por los menonitas, quienes solo admitirían a sus seguidores años después de su muerte. Su trayectoria de cambios sucesivos de posición, de anglicano a casi menonita en pocos años, fue vista por sus contemporáneos como señal de inestabilidad, pero también de una búsqueda sincera e inquieta de la verdad.
El principio que dejó, el de que la fe no puede ser impuesta y el bautismo pertenece a quien cree, se convirtió en marca del movimiento bautista mundial. Su defensa de la libertad de conciencia, registrada en su última confesión de fe, resuena hoy en toda iglesia que rechaza la coerción y apuesta por la decisión personal ante Dios.