¿Alguna vez tomaste una decisión sensata y, poco después, cediste a una presión social que sabías que era errónea? Josafat, rey de Judá, vivió ese patrón: un corazón fiel que, de tiempo en tiempo, se dejaba atraer hacia alianzas peligrosas.
Hijo de Asá, Josafat comenzó bien. Fortaleció el reino, quitó los altares idólatras y envió maestros levitas por todo Judá para enseñar el Libro de la Ley (2 Crónicas 17:6-9). Su riqueza y su prestigio crecieron como señal de la bendición de Dios.
Pero Josafat selló una alianza con Acab, el rey impío de Israel, mediante lazos matrimoniales (2 Crónicas 18:1), que unió a su hijo Joram con la hija de Acab, Atalía (2 Crónicas 21:6). Acompañó a Acab a la guerra en contra del consejo del profeta Micaías y casi muere vestido como rey en Ramot de Galaad (2 Crónicas 18:28-31).
El profeta Jehú lo confrontó: ayudar a los impíos y amar a quienes odian al Señor atrae la ira de Dios (2 Crónicas 19:2). Josafat escuchó, reformó el sistema de justicia y nombró jueces fieles por toda la tierra (2 Crónicas 19:5-7).
Años después, un ejército inmenso de Moab, Amón y Seír avanzó contra Judá. Sin fuerzas para la guerra, Josafat reunió al pueblo en ayuno y oró: “No sabemos qué hacer; ¡en ti hemos puesto nuestra esperanza!” (2 Crónicas 20:12).
El levita Jahaziel profetizó que la batalla era del Señor (2 Crónicas 20:14-17). Al día siguiente, los cantores salieron al frente del ejército alabando a Dios, y los enemigos se destruyeron entre sí (2 Crónicas 20:21-23).
Josafat venció más orando que luchando, y falló más por alianzas que por cobardía. Su vida muestra que la fe genuina y las decisiones imprudentes pueden coexistir en el mismo corazón, y que Dios sigue escuchando cuando confesamos: “no sabemos qué hacer”.