Crecer a la sombra de un padre cuya historia terminó en vergüenza pública deja una marca silenciosa. Es difícil no preguntarse: ¿seré recordado por mis propios aciertos, o siempre como el hijo de aquel error? Jotán asumió el trono de Judá exactamente en esa posición.
Su padre, Uzías, fue un rey fuerte que se volvió arrogante, invadiendo dentro del templo una función que no le pertenecía, y por eso fue herido de lepra hasta morir aislado (2 Crónicas 26:16-21). Jotán creció viendo de cerca dónde termina el orgullo de un rey.
Comenzó a reinar a los veinticinco años y gobernó dieciséis años en Jerusalén. La Biblia registra que hizo lo que es justo a los ojos del Señor, como Uzías, su padre, pero, a diferencia de él, nunca entró en el templo para usurpar el lugar de los sacerdotes (2 Crónicas 27:1-2).
Jotán reconstruyó la puerta Superior del templo, fortificó el muro en la colina de Ofel, edificó ciudades en los montes de Judá y levantó fortalezas y torres en los bosques. Guerreó contra los amonitas y los venció, recibiendo de ellos tributo de plata, trigo y cebada durante tres años seguidos (2 Crónicas 27:3-5).
El texto sagrado es directo sobre la razón de tanta fortaleza: Jotán se hizo cada vez más poderoso porque andaba firmemente conforme a la voluntad del Señor, su Dios (2 Crónicas 27:6). Su integridad personal era real, y Dios la honró de manera concreta.
Pero había un límite para lo que el ejemplo de un rey podía cambiar. Los santuarios idólatras en las colinas no fueron eliminados, y el pueblo siguió ofreciendo sacrificios y quemando incienso en ellos, prosiguiendo en sus prácticas corruptas incluso bajo un gobernante justo (2 Reyes 15:35; 2 Crónicas 27:2).
En sus últimos días, nubes comenzaron a formarse en el horizonte: el Señor permitió que Rezín, rey de Aram, y Pécaj, rey de Israel, comenzaran a presionar a Judá, una crisis que estallaría de hecho en el reinado del hijo de Jotán, Acaz (2 Reyes 15:37).
La vida de Jotán enseña algo que toda generación necesita escuchar: la fidelidad personal importa, y Dios la ve, pero no sustituye la necesidad de que cada corazón se vuelva hacia Él. Podemos edificar muros fuertes a nuestro alrededor y, aun así, dejar lo esencial sin tocar, dentro de nosotros y dentro de quienes amamos.