Todos hemos recibido alguna vez una visita inesperada justo después de una buena noticia, alguien que se enteró de nuestra recuperación, de nuestro ascenso, de nuestro premio, y apareció sonriente, aunque con un interés detrás de la sonrisa. Así fue como Ezequías, rey de Judá, recibió a los enviados de un rey lejano de Babilonia.
Merodac Baladán era un caldeo ambicioso que durante años disputó el trono de Babilonia con el poderoso imperio asirio. Conocía bien el valor de un aliado en el momento oportuno, y Ezequías, recién curado de una enfermedad grave y amenazado por Asiria, parecía un candidato prometedor.
Envió cartas y un regalo a Jerusalén, con el pretexto de felicitar a Ezequías por su sanidad (2 Reyes 20:12). Era, en la práctica, una invitación diplomática: dos reinos menores, unidos contra el gigante asirio.
Ezequías, halagado, cometió un error clásico de quien confunde atención con seguridad. Mostró a los mensajeros todo lo que tenía: la plata, el oro, las especias, el aceite fino, su arsenal, sus depósitos, nada quedó oculto (2 Reyes 20:13).
El profeta Isaías no dejó pasar el asunto. Preguntó quiénes eran aquellos hombres y qué les había mostrado Ezequías, y la respuesta del rey reveló cuánto había expuesto (2 Reyes 20:14-15). Entonces llegó la sentencia: un día, todo aquello, e incluso los propios descendientes del rey, sería llevado a Babilonia (2 Reyes 20:17-18).
Es irónico que la nación usada por Dios para disciplinar a Judá haya sido precisamente aquella que, décadas antes, parecía solo un aliado en potencia. Merodac Baladán nunca imaginó que su visita se convertiría en la semilla de la profecía del exilio babilónico.
La historia le pregunta al lector de hoy dónde busca seguridad: en alianzas, en recursos exhibidos para impresionar a quien se interesa por nosotros, o en el Dios que ya conoce el final desde el principio. Merodac Baladán solo quería un aliado terrenal; Dios ya estaba escribiendo una historia mayor, que ninguna diplomacia humana podría detener.