Quien alguna vez fue el hermano mayor sabe lo que es cuidar de alguien pequeño y, años después, ver a ese mismo hermano crecer y ocupar un lugar de destaque que antes parecía impensable. Miriam vivió los dos extremos de esa experiencia: primero como protectora, después como alguien que tuvo dificultad para aceptar el nuevo lugar de su hermano.
Todavía niña, ella se quedó vigilando de lejos la cesta donde su madre había escondido al hermano recién nacido de las órdenes del faraón egipcio. Cuando la hija del faraón encontró al niño, fue Miriam quien se ofreció para llamar a una nodriza hebrea (Éxodo 2:4,7-8). Así garantizó que su propia madre, Jocabed, criara a Moisés en sus primeros años de vida.
Décadas después, ya adulta, Miriam aparece de nuevo, ahora en un momento de gloria. Después de que el pueblo cruzó el Mar Rojo en seco, ella tomó una pandereta y guio a las mujeres de Israel en danza y cántico: Canten al Señor, porque ha triunfado gloriosamente (Éxodo 15:20-21). El texto la llama profetisa, un título poco frecuente para una mujer en el Antiguo Testamento.
Pero el mismo don de liderazgo que Dios le dio se convirtió en terreno de tentación. Junto con Aarón, ella criticó a Moisés por causa de su esposa cusita y preguntó: ¿Acaso el Señor ha hablado solo por medio de Moisés? ¿No ha hablado también por medio de nosotros? (Números 12:1-2). Detrás del motivo declarado había envidia por la posición única de su hermano.
La respuesta de Dios fue inmediata y pública. Miriam fue cubierta de lepra delante de todo el campamento, y solo por la intercesión de Moisés, llamado en el texto el hombre más humilde de la tierra (Números 12:3), ella permaneció aislada únicamente los siete días establecidos, no más (Números 12:10,14-15).
Miriam todavía acompañó al pueblo durante décadas de peregrinación por el desierto, junto a los hermanos a quienes había ayudado a criar y a quienes, más tarde, había desafiado. Murió en Cades, en el desierto de Zin, y allí fue sepultada, sin llegar a pisar la tierra prometida (Números 20:1).
La vida de Miriam recuerda que los dones genuinos, como una voz para liderar y profetizar, no dan a nadie autoridad para sobrepasar el lugar que Dios ha determinado. Recuerda también que la disciplina divina, por dura que parezca, busca restaurar, no destruir. Quien sirve junto a otros, bajo autoridad, encuentra en Miriam tanto un ejemplo a seguir como una advertencia a tomar en serio.