Toda persona ha sentido, al menos una vez, que un gran logro demuestra su propio valor. Nabucodonosor vivió esa tentación a escala imperial, en la cima del mayor poder que un ser humano tuvo en el mundo antiguo.
Se convirtió en rey de Babilonia hacia el año 605 a. C. y pronto invadió Judá, llevando a los primeros exiliados a Babilonia, entre ellos al joven Daniel (Daniel 1:1-6).
Años después, volvió dos veces: primero para exiliar al rey Joaquín y a miles de judíos, entre ellos al profeta Ezequiel, y finalmente, en el año 586 a. C., para destruir Jerusalén y el templo de Salomón (2 Reyes 25:8-10).
Un sueño perturbador de una estatua hecha de metales diferentes solo encontró explicación en Daniel, lo que llevó al rey a reconocer, por primera vez, al Dios de su exiliado como “revelador de misterios” (Daniel 2:47). El reconocimiento, sin embargo, no duró.
Mandó levantar una estatua de oro y exigió que todo el imperio se postrara ante ella; tres jóvenes judíos se negaron y fueron arrojados a un horno ardiente, de donde salieron sin ningún olor a humo (Daniel 3). El rey más poderoso de la tierra acababa de ver el límite de su propio poder.
La lección no quedó grabada. Un año después de una segunda advertencia, mirando la ciudad que había construido, dijo: “¿No es esta la gran Babilonia que yo he edificado, con mi enorme poder, para la gloria de mi majestad?” (Daniel 4:30). En ese instante, fue apartado de la razón y del trono, viviendo como un animal en el campo durante siete años (Daniel 4:28-33).
Cuando la razón volvió, el mismo hombre que se jactaba dijo en público: “Él tiene poder para humillar a los que viven con arrogancia” (Daniel 4:37).
Pocos relatos bíblicos muestran con tanta claridad que el poder y la conquista no prueban nada sobre la aprobación de Dios. La historia de Nabucodonosor pregunta al lector de hoy qué quedaría de su propia identidad si, por un instante, le fuera quitado todo lo que usa para probar su valor.