¿Quién no ha cantado “más cerca, oh Dios, de ti” en un velorio, en un hospital o en un momento de dolor, sin saber quién escribió esas palabras? La autora fue una mujer inglesa del siglo XIX, marcada por la pérdida y la enfermedad, que buscó expresar en versos sencillos el anhelo universal de cercanía con Dios.
Sarah Fuller Flower nació el 22 de febrero de 1805, en Harlow, en el condado de Essex. Hija del editor y activista Benjamin Flower, perdió a su madre siendo aún niña y creció en un hogar de ideas liberales, educada por su padre en medio de debates sobre libertad religiosa y social.
Tras la muerte de su padre, ella y su hermana, la compositora Eliza Flower, pasaron a vivir bajo el cuidado del pastor unitario William Johnson Fox, en Londres. Allí se convirtieron en parte de un círculo intelectual que incluía al poeta Robert Browning y a la escritora Harriet Martineau.
Sarah intentó la carrera de actriz, interpretando a Lady Macbeth en 1837 con buena acogida, pero su salud frágil, agravada por una sordera heredada de su padre, la hizo abandonar los escenarios. Se volcó entonces a la escritura, publicando poemas y obras, entre ellos el poema dramático Vivia Perpetua, sobre una joven mártir cristiana y la libertad de conciencia.
Su fe seguía la tradición unitaria, que discrepa de la doctrina de la Trinidad profesada por la mayoría de las iglesias cristianas. Fue en ese contexto, escribiendo himnos para el himnario de su pastor, que compuso, hacia 1841, los versos que se convertirían en Más cerca, oh Dios, de ti, inspirados en el sueño de la escalera de Jacob, en Betel.
El himno atravesó fronteras doctrinales y se convirtió en uno de los cánticos más amados de la cristiandad, cantado en funerales, hospitales y momentos de prueba alrededor del mundo. La tradición, sin confirmación histórica definitiva, de que la banda del Titanic lo tocó mientras el barco se hundía, en 1912, ayudó a consagrarlo en la memoria popular.
Sarah murió de tuberculosis el 14 de agosto de 1848, a los 43 años, dos años después de cuidar a su hermana Eliza, víctima de la misma enfermedad. Fue sepultada junto a ella y a sus padres, en el cementerio de Foster Street, cerca de Harlow.
Sus versos siguen enseñando que la cercanía con Dios no depende de la comodidad ni de circunstancias favorables, sino que puede buscarse en medio del dolor, la duda y la pérdida. Es ese anhelo, sencillo y universal, el que sigue uniendo a cristianos de tradiciones diferentes alrededor del mundo.