¿Quién no ha soñado alguna vez con ocupar el lugar de honor, con ser visto, con sentarse junto a quien manda? Ese deseo tan humano corría por las venas de un pescador que dejó todo para seguir a un maestro itinerante, y que, incluso después de años a su lado, seguía luchando con la misma ambición.
Jacobo pescaba en el mar de Galilea con su padre, Zebedeo, cuando Jesús pasó por la orilla y lo llamó, junto con su hermano Juan. Él dejó las redes y la barca en el mismo instante y siguió al Maestro sin vacilar (Marcos 1:19-20).
Jesús le dio a él y a Juan un apodo revelador: Boanerges, hijos del trueno (Marcos 3:17). El temperamento explosivo se hizo evidente cuando una aldea samaritana se negó a recibir a Jesús, y los dos hermanos quisieron hacer bajar fuego del cielo para destruirla (Lucas 9:54).
Aun así, Jacobo formaba parte del círculo más cercano de Jesús, junto a Pedro y Juan. Vio a la hija de Jairo ser levantada de la muerte, estuvo en el monte de la Transfiguración y acompañó a Jesús más adentro del jardín de Getsemaní la noche de la traición (Marcos 5:37; 9:2; 14:33).
Fue ese acceso privilegiado lo que alimentó su ambición. Por medio de su madre, Jacobo y Juan le pidieron a Jesús los dos lugares más altos en el reino, uno a su derecha y otro a su izquierda (Mateo 20:20-21), y los otros diez discípulos se indignaron por la petición.
Jesús no reprendió solo la ambición, preguntó si ellos podrían beber la copa que él bebería. Ellos dijeron que sí, sin entender que aceptaban no un trono, sino una cruz (Marcos 10:38-39).
La respuesta se cumplió. Jacobo fue el primero de los doce apóstoles en morir por su fe, ejecutado a espada por orden de Herodes Agripa I, todavía en los primeros años de la iglesia (Hechos 12:2).
La vida de Jacobo muestra que Jesús no aparta a quien llega hasta él con una ambición mal encauzada, la redirige. El lugar de honor que Jacobo buscó se convirtió en un camino de entrega, y ese mismo intercambio sigue siendo ofrecido a quien sigue a Jesús hoy.