Pocos personajes de la historia cristiana combinan tanta humildad exterior con semejante impacto como William J. Seymour. Hijo de esclavos liberados, ciego de un ojo, sin prestigio académico, lideró, en una sala improvisada de Los Ángeles, un avivamiento que cambiaría el rostro del cristianismo mundial.
Nacido el 2 de mayo de 1870 en Centerville, Luisiana, era hijo de Simon y Phyllis Seymour, ambos antiguos esclavos. Creció en la tradición bautista, pero después se acercó a iglesias de santidad y, en Cincinnati, contrajo viruela, enfermedad que lo dejó ciego de un ojo.
En Houston, estudió en la escuela bíblica del predicador Charles Parham, pero las leyes segregacionistas de la época lo obligaban a escuchar las clases sentado fuera del salón, en el pasillo. Parham solo le permitía predicar a públicos negros, una limitación que expone el racismo de aquel contexto religioso.
Invitado a predicar en Los Ángeles en 1906, Seymour anunciaba que el bautismo en el Espíritu Santo se manifestaba con lenguas extrañas. Rechazado por una congregación que le cerró las puertas, pasó a reunir a un pequeño grupo en ayuno y oración hasta que, en abril, varios de ellos comenzaron a hablar en lenguas.
La repercusión fue tal que Seymour alquiló un antiguo templo metodista en la calle Azusa. Allí, durante casi tres años, negros y blancos, hombres y mujeres, oraron juntos ante el mismo altar, práctica poco común en la América segregada de comienzos del siglo veinte. Nacía el Avivamiento de la Calle Azusa, hito fundador del pentecostalismo moderno.
El propio Parham, su antiguo mentor, visitó Azusa, condenó públicamente las manifestaciones como desorden y rompió con Seymour. Años después, colaboradoras blancas del periódico que él editaba dejaron la misión llevándose la lista de suscriptores, un golpe que redujo bastante la influencia de Seymour sobre el movimiento que él mismo había iniciado.
A pesar de la fragmentación, Seymour permaneció fiel a la iglesia local hasta el fin de su vida, insistiendo en que lo esencial no eran las lenguas, sino Jesucristo. Ante disputas internas por el control de la misión, en 1915 él mismo modificó el estatuto de la iglesia para restringir el liderazgo a miembros negros, un retroceso respecto al ideal interracial que había marcado el inicio del avivamiento y que los historiadores hoy señalan como un episodio complejo de su trayectoria.
Murió en Los Ángeles en 1922, ya con influencia reducida, pero el fuego que había ayudado a encender ya se extendía por decenas de países.
Hoy, más de quinientos millones de pentecostales y carismáticos alrededor del mundo remontan su fe, directa o indirectamente, a aquel templo sencillo en la calle Azusa. La trayectoria de Seymour recuerda que Dios suele usar a los despreciados por el mundo para sacudir tradiciones religiosas enteras.